jueves, 17 de abril de 2025

Comentario Crítico sobre Naraku y Otros Personajes

Hay nacimientos que se celebran. Otros que simplemente ocurren. Y después están los que no deberían haber sido posibles.


En el mundo de InuYasha, donde humanos, yōkais e híbridos conviven bajo una lógica flexible aunque reconocible, incluso una criatura como el protagonista –nacido de un daiyōkai y una mujer humana– entra dentro de los márgenes de lo tolerable. Híbrido, sí. Anómalo, quizás. Pero explicable. Nombrable. Su existencia puede trazarse, seguirse hacia atrás en un linaje, en un acto, en una cama.


Naraku, en cambio, es otra cosa.


No hay concepción. No hay parto. No hay madre ni padre. Su origen no responde al cruce de sexos ni al deseo, ni siquiera a la voluntad consciente de ser. Es, más bien, una aglomeración. Una confluencia impura. Una aberración que se configuró a partir de otras formas de vida, otras conciencias, otras violencias. No nació: se ensambló. 


Lo suyo no es una mezcla, sino una mezcla que se  mezcló mal. Una ruptura biológica. Una trampa dentro del orden natural. Su carne no desciende de una línea; es un pantano donde flotan múltiples sangres sin genealogía clara, como si los residuos de muchos cuerpos, muchas voluntades, muchos odios, hubieran decidido ocupar el mismo espacio y quedarse ahí. Su existencia no es la excepción a una regla: es el rechazo total de la regla.


Entonces, no hubo ni un segundo de inocencia en él.


No hubo llanto de criatura que llega al mundo. No hubo descubrimiento, ni balbuceos, ni aprendizaje. Naraku surge ya sabiendo. Ya sintiendo. Ya odiando. No tuvo que tocar el veneno para entenderlo. No tuvo que probar el miasma para saberse hecho de él. No aprendió el mal como lo haría un niño que juega con fuego. Lo trajo consigo desde el inicio. Es una memoria impuesta en la carne. Una conciencia vieja nacida en un cuerpo nuevo.


En ese sentido, su existencia se asemeja más a una recaída que a un nacimiento. Como si el mundo, en un momento de debilidad, hubiera permitido que un vestigio maldito volviera a escupirse sobre la tierra.


Porque hay algo en él que recuerda sin haber vivido. Que repite sin haber aprendido. Que destruye sin haber sido provocado. Es la pesadilla de lo innombrable: una entidad sin infancia, sin origen claro, sin razón para ser. 


Naraku no es un demonio. No del todo. Tampoco es humano. No ya. Lo que es –y esto es lo que más perturba– no cabe en categorías simples. No responde a ninguna de las taxonomías del mundo espiritual o carnal. No tiene linaje que lo justifique, ni especie que lo contenga. Lo que hay en él es una disonancia: un cuerpo prestado que nunca debió ensamblarse, una conciencia que no nació, sino que fue tejida con retazos ajenos.


Naraku es la consecuencia de todo ello. Un trauma con nombre propio.


Así, he concluido algo: probablemente él tenga más linajes en sus venas que todo el árbol genealógico de cualquier daiyōkai que presuma pedigrí desde hace generaciones. Y no es descabellado pensarlo. Su cuerpo no es sólo una amalgama de despojos, sino un archivo viviente. Se supone que al devorar a un yōkai lo asimila por completo. Y eso no solamente implica su cuerpo, sino sus habilidades, su memoria, su estirpe entera.


Naraku es el coleccionista obsceno de todo aquello que otros veneran con devoción. Y no lo hace por respeto. Lo hace porque puede.










viernes, 14 de marzo de 2025

Comentario Corycio sobre Naraku y Otros Personajes

Naraku y su "gentileza" oculta 


La cruel cortesía de Naraku es, sin duda, un comportamiento poco común dentro de InuYasha. Aunque no es un demonio completo, su naturaleza debería reflejar una crueldad desmedida, un orgullo oscuro que la acompaña; sin embargo, dentro de él persiste algo peculiar, una esencia extraña que, a pesar de haber profanado profundamente la esencia de Onigumo, revela algo más… algo que, curiosamente, Naraku adopta y lleva consigo durante toda su existencia.


Aunque es su belleza física lo que generalmente atrae a la audiencia, es su personalidad audaz y desvergonzada la que realmente cautiva; un reflejo de lo que Onigumo fue, porque como todo buen reflejo, “De tal palo, tal astilla”. A través de esa mezcla poco convencional, Naraku se convierte en un ser profundamente único, que disfraza su verdadera naturaleza bajo una fachada de amabilidad, o quizás, es su naturaleza misma la que oculta lo que realmente puede hacer. La cruel cortesía de Naraku no es un signo de amabilidad genuina, sino una fachada calculada para esconder su naturaleza sadista. Esta amabilidad no es más que un velo que cubre su verdadera intención de causar daño de manera insidiosa.


A pesar de su comportamiento aparentemente amable con Rouyakan, incluso usando el sufijo "dono" –un término extremadamente formal y arcaico–, existe una ironía sutil: Naraku sabe ser cruel de una manera casi elegante, sin jamás caer en lo vulgar. Esta fachada de cortesía, de hecho, es uno de sus encantos más letales.


Su discurso no es el de un simple villano de tercera; al contrario, es afilado, preciso, y en su aparente amabilidad se esconde una crueldad profunda. Como bien sabemos, en lugar de causar daño físico de manera directa, Naraku prefiere elegir sus palabras con tal destreza que pueden resultar aún más dolorosas, dejando heridas invisibles pero igualmente devastadoras.


En este híbrido de contradicciones, la crueldad se disfraza de cortesía, y esa ironía es parte de su atractivo.


#𝑩𝒐𝒐𝒈𝒊𝒆_𝑾𝒐𝒐𝒈𝒊𝒆_𝑾𝒖




martes, 4 de marzo de 2025

Comentario Crítico sobre Naraku y Otros Personajes

Siempre he sentido que Naraku encarna dos facetas opuestas dentro de un mismo hombre.  

Para entender mejor esta idea, vale la pena repasar brevemente ciertos arquetipos de villanos o, mejor dicho, de personajes que habitan en esa delgada línea entre la luz y la sombra.  


Todo empieza –como muchas otras cosas– con Lord Byron. Más específicamente, con aquel célebre verano en Villa Diodati, Ginebra, donde, en una velada de tormentas y conversaciones sobre lo macabro, él y su círculo de amigos decidieron desafiarse mutuamente a escribir historias de fantasmas. De ese reto nacieron obras que dejarían una huella imborrable en la literatura, entre ellas El Vampiro, de John Polidori.  


Esta novela no sólo introdujo el mito vampírico en la cultura occidental, sino que también cimentó un arquetipo que perduraría a lo largo de los siglos: el depredador nocturno que seduce tanto como aterroriza. Polidori, en una movida un tanto descarada, basó a su Lord Ruthven en el propio Byron, dotándolo de magnetismo y un aura de decadencia aristocrática. Así nació el molde del villano romántico: oscuro, seductor, peligroso, hipnotizante, hedonista, posesivo.  


Este modelo se replicó y transformó con el paso del tiempo. De Ruthven derivó en Carmilla, en Drácula, en Lestat, y, en cierta forma, en Naraku.  


Naraku no es un vampiro, pero comparte con ellos una esencia común: la de una criatura que se alimenta no meramente de la carne, sino de emociones, de miedos, de deseos frustrados. Es la encarnación del peligro que atrae, del mal que se disfraza con una sonrisa, del encanto que oculta una amenaza latente. Como sus predecesores literarios, él no solamente acecha, sino que fascina. En pocas palabras, es un villano byroniano. Ya sea que se desenvuelva en un escenario abiertamente sobrenatural o en un thriller psicológico, mantiene intactas las características esenciales de este arquetipo: es seguro de sí mismo, dominante, manipulador, y, sobre todo, encarna el deseo y la tentación prohibidos. Su presencia no sólo inquieta, sino que también seduce.  


Sin embargo, el El Vampiro de Polidori no fue la única obra nacida en Villa Diodati, ni la única que dejó una marca indeleble en el género de terror. Más aún, no fue la única que moldeó un personaje byroniano dentro de la literatura gótica.  


Porque ahí, en ese mismo verano de tormentas y relatos macabros, Mary Shelley escribió Frankestein, y en él introdujo un segundo arquetipo, también inspirado en su interpretación de Lord Byron. No obstante, si bien Victor Frankenstein comparte con Ruthven ciertos rasgos –la palidez, el cabello oscuro, el porte melancólico–, entre ellos se extiende un abismo insalvable.  


Victor no es un depredador social ni un maestro de la seducción. Es un genio torturado, un hombre consumido por su propio intelecto y sus ambiciones desmedidas. Su mente brillante es su mayor don, pero también la causa de su ruina. Extraño y salvaje, apasionado hasta la obsesión, un inadaptado desde el inicio. Se aísla, incluso cuando está rodeado de otros. No pertenece del todo a ningún lugar, y el mundo, a su vez, nunca llega a comprenderlo por completo. Victor Frankenstein es orgullo y culpa entrelazados en una sola figura. Su historia no es la del hombre que somete y manipula, sino la del hombre que, en su intento de desafiar los límites de lo posible, se condena a sí mismo. 


Incluso siglos después, la historia se repite. El hombre más inteligente de la sala nunca es sólo eso. Siempre está atormentado. Siempre carga con una maldición que lo supera, aunque a veces no lo sepa. Y siempre, de una forma u otra, su contraparte es un Monstruo.  


Lo vemos una y otra vez en la literatura, en el cine, en la televisión. En los relatos de terror, en los dramas góticos, en las historias de detectives. Cambian los nombres, los contextos, y la esencia permanece. Aparece en Roderick Usher, el noble decadente y enfermo de Poe, en Henry Wilcox, el artista atrapado en pesadillas que no puede comprender en Lovecraft, en Spencer Reid, el genio prodigio de mente brillante y cuerpo frágil en Mentes Criminales. 

A diferencia de los descendientes de Ruthven, que ejercen su magnetismo con relativa facilidad, estos personajes están en los márgenes. Son frágiles, a menudo físicamente débiles, más cómodos en la soledad que en la interacción humana. Su intelecto es su refugio, su única certeza en un mundo que perciben de forma distinta al resto. Aunque también es su condena. Viven atrapados en sus propias mentes, con la cordura siempre pendiendo de un hilo, con la sensación de que están viendo algo que los demás no pueden, algo que los corroe desde adentro.  


Y, sin embargo, a pesar de sus diferencias, todos ellos llevan la sombra de Lord Byron. No sólo como un vestigio literario, sino como una manifestación de su mito, de su dualidad. Siguen apareciendo, siglo tras siglo, cruzando el tiempo, reescribiéndose en cada historia. En la página, en el teatro, en la pantalla. No importa el medio. Lo importante es que nunca desaparecen.  


Así que cuando estos arquetipos vuelven a encontrarse en InuYasha, cuando la figura de Naraku emerge entre las sombras, la sorpresa no es que encaje en este linaje, sino que lo haga con una perfección casi aterradora.  


Francamente, me vuelve loca.  


Porque hay algo en Naraku que recuerda a Frankenstein. O a su monstruo.  


Es él también una criatura construida a partir de fragmentos rotos. Un ensamblaje de mentes, de deseos, de odios ajenos. No es un vampiro, no es un detective, no es un poeta romántico consumido por su propio genio, aunque de alguna manera es todas esas cosas a la vez. Lleva en sí la sombra del seductor implacable y del genio trágico. Es un depredador y también un paria. Se esconde tras una máscara de control absoluto, pero su existencia misma es la prueba de una lucha interna constante.  


En un nivel doylista, me pregunto si esto influye en la forma en que lo percibimos. Si, de manera subconsciente, lo vemos con la sonrisa de Ruthven o con la de Byron. Si la tragedia de Frankenstein resuena en su propia historia, si su rastro se extiende hasta él, aunque no sea una criatura de carne reanimada.  


¿Naraku pertenece a esta genealogía?  


¿Cuánto de esto es real?  


¿Cuánto es ficción?  


¿Cuánto se pierde en la interpretación?  


¿Cuánto se recuerda realmente?  


Y, más inquietante aún: ¿cuánto nos conoce una persona? No en la superficie, no en lo evidente, sino en la esencia. Porque si incluso dos de los amigos más cercanos de Byron vieron en él a dos personas completamente diferentes, ¿qué nos dice eso sobre la percepción?  


¿Cuánto vemos realmente de alguien?  


¿Cuánto de lo que creemos conocer no es más que nuestra propia interpretación?  


No lo sé.  


Nunca lo sabremos.


Una obra cautivadora, cortesía de @火_羲.


#𝑩𝒐𝒐𝒈𝒊𝒆_𝑾𝒐𝒐𝒈𝒊𝒆_𝑾𝒖





lunes, 17 de febrero de 2025

#𝐓𝐇𝐄𝐕𝐀𝐂𝐔𝐔𝐌𝐎𝐅𝐌𝐘𝐇𝐄𝐀𝐑𝐓 - ❝𝓒𝓸𝓷𝓽𝓻𝓸𝓵 ❞

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Control de emociones 


¿Naraku, quebrantado por el miedo ante una miko de cincuenta años? ¡Absurdo! Ni siquiera cuando la flecha de Kikyō perforó su carne, su expresión se desmoronó. Su temple permaneció inquebrantable, como si el dolor no fuera más que una ilusión incapaz de arraigarse en su ser. 


Y no olvidemos que, en ese mismo capítulo del manga, la propia Kikyō cometió un desliz: subestimó a nuestro hanyō araña, enviando un demonio serpiente para arrebatarle sus almas, sin prever que él siempre espera con alguna sorpresita desprevenida.


Como estamos en el evento de Naraku, pueden enviarnos cualquier material sobre él. La temática es el "Control".


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#𝐓𝐇𝐄𝐕𝐀𝐂𝐔𝐔𝐌𝐎𝐅𝐌𝐘𝐇𝐄𝐀𝐑𝐓 - ❝𝓒𝓸𝓷𝓽𝓻𝓸𝓵 ❞

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Círculo de habilidades


Estuve revisando el libro de perfiles, en particular el de Naraku, y me llamó la atención un detalle curioso. En su estado base, su círculo de habilidades parece "débil", como si fuera un demonio del montón. Sin embargo, incluso en esa forma inicial, Naraku dista mucho de ser realmente débil. Pero lo más interesante es que hay un segundo círculo, correspondiente a su nueva forma, y este ya está casi completamente lleno.


Obviamente, no es ninguna sorpresa que Naraku se haga más fuerte a medida que avanza la historia –si algo sabemos de él, es que siempre está evolucionando–. No obstante, verlo representado de esta manera en su perfil hace que todo cobre un nuevo significado.  


Naraku es un híbrido, sí, aunque no uno cualquiera. Es un paria entre parias, el hijo bastardo de la naturaleza, no solamente por sus orígenes, que son una aberración en comparación con otros híbridos, sino porque, en su esencia, Naraku es un error. Un ente que no debía existir, que no debía haber sobrevivido… y aun así lo hizo. No sólo sobrevivió, sino que prosperó, evolucionó y se convirtió en algo que desafía toda lógica, toda ley natural.


Naraku no nació con un linaje noble como Sesshōmaru, ni con un cuerpo diseñado para el combate como el de los yōkais o daiyōkais. No contaba con una fuerza monstruosa desde el principio, ni con una resistencia legendaria en el sentido convencional. Su regeneración, sin embargo, es otra historia. Lo han decapitado, desmembrado, fulminado y reducido a pedazos, y aún así siempre regresa, una y otra vez. Si hablamos de resistencia en términos de aguante físico, Sesshōmaru probablemente lleve la delantera. Ahora, si de lo que se trata es de quién resulta más difícil de matar, entonces Naraku se lleva la victoria por mucho.


Él no sobrevive gracias a una piel dura o una armadura natural. Sobrevive porque su cuerpo es una masa cambiante, adaptable, capaz de reconstruirse a niveles absurdos. Es casi inmortal. Y lo más aterrador de todo esto es que, en términos de demonios, sigue siendo joven.  


Piénsalo: Naraku tiene apenas cincuenta años. Es más joven que muchos yōkai de rango medio. Incluso más joven que el mismo InuYasha. Y a pesar de eso, ya es una pesadilla viviente. Ahora imagina un Naraku con la edad de InuYasha. O peor, un Naraku con la edad de Sesshōmaru. Un Naraku con siglos de experiencia, con más conocimiento, con más poder. Sólo de pensarlo da escalofríos.  


Volviendo a su perfil, en su estado base, el círculo de habilidades de Naraku está incompleto, con sus puntos más débiles en "fuerza física" y "poder instantáneo". En cambio, en su "segunda forma", ese mismo círculo casi está lleno, con sólo un pequeño margen en esas dos categorías. Las demás –intelecto, poder demoníaco, vitalidad y olfato– ya alcanzan el máximo nivel. Esto nos lleva a una pregunta interesante: ¿qué diferencia hay entre "poder instantáneo" y "poder demoníaco"? Después de pensarlo un poco, creo que el poder demoníaco representa la esencia pura de la energía de un yōkai, algo inmutable. Por otro lado, el poder instantáneo parece estar más ligado a ataques explosivos y directos, a la fuerza bruta que impacta en el momento, pero que se disipa con la misma rapidez. 


Y eso tiene sentido: Naraku nunca ha sido un luchador físico.  


Nunca lo ha necesitado. 


Su poder demoníaco, por otro lado… No sólo es colosal, sino sofocante, una presencia que te envuelve incluso antes de que puedas percibirlo por completo. No se limita a destruir; se infiltra, se expande, se adueña del espacio a su alrededor como una sombra imposible de disipar. No es el tipo de fuerza que golpea y desaparece, sino la que permanece, la que se aferra a la piel, se filtra en los huesos y no te suelta.  


Hay muchos demonios increíblemente fuertes, algunos con habilidades aterradoras que pueden arrasar aldeas enteras con un solo ataque. Pero muy pocos, por ejemplo, poseen el dominio de la brujería que tiene Naraku. No es sólo lanzar llamas o disparar energía; es moldear la realidad a su antojo, retorcer las reglas del mundo como si fueran simples hilos en sus manos. Ilusiones que engañan hasta los sentidos más agudos, maldiciones que persiguen a sus víctimas hasta consumirlas, regeneración que lo hace prácticamente inalcanzable. Incluso ha demostrado la capacidad de alterar el entorno mismo, armando y desarmando castillos como si fueran piezas de un tablero de juego.


Si lo comparas con daiyōkais como Sesshōmaru o la princesa Abi, la diferencia es clara. Sí, ellos son poderosos, pero su fuerza es más directa, más tangible. Naraku, en cambio, juega con reglas completamente distintas.


Así que, ¿Naraku es un híbrido débil, como algunos lo descalifican? La verdad es que no. En absoluto. Es un sobreviviente, un estratega, un ser que se adaptó a la adversidad y encontró su propio camino para volverse monstruosamente fuerte. Y lo más inquietante es que, si hubiera tenido más tiempo para perfeccionarse, quién sabe hasta dónde habría llegado.


#𝑩𝒐𝒐𝒈𝒊𝒆_𝑾𝒐𝒐𝒈𝒊𝒆_𝑾𝒖



sábado, 1 de febrero de 2025

Rumiko Takahashi sobre Naraku: Declaraciones Oficiales

 ✨ Barreras


Por ahí se dice que las barreras de Naraku son débiles y que Kikyō podía romperlas o atravesarlas sin despeinarse. Pero, sinceramente, eso es un mito. Lo cierto es que no es que la barrera estuviera hecha de papel; el truco estaba en otro lado. Resulta que Kikyō sabía aprovechar una vulnerabilidad propia de Naraku: tomó la tierra de la tumba de Onigumo, algo así como un amuleto de protección, y la usó para sortear los obstáculos.


Así que, más que debilidad, lo que ocurrió fue una anulación de la barrera. Mientras para Kikyō eso representaba una gran ventaja –una entrada casi automática– para Naraku se convertía en un serio problema. Es interesante notar que, si bien muchos han subestimado la calidad de sus defensas, incluso el equipo de InuYasha encontró dificultades para romperlas por sí solos. Porque las barreras de Naraku no eran débiles por diseño; eran robustas y difíciles de superar. Sin embargo, Kikyō supo aprovechar ese punto ciego, esa fisura en el enemigo, y eso marcó la diferencia.


➨ Y ojo, esto está respaldado en el libro InuYasha Profiles. No se trata de opiniones, es un hecho.


[Las fotos de perfil pertenecen a Se dice desde el Sengoku.]


#𝑩𝒐𝒐𝒈𝒊𝒆_𝑾𝒐𝒐𝒈𝒊𝒆_𝑾𝒖





Comentario Crítico sobre Naraku y Otros Personajes

 ✨ Capítulo 71: Naraku


Recuerden que Naraku entendía el sufrimiento de InuYasha como nadie más. Esa es justamente la razón por la que era tan experto en herir con palabras: él era quien siempre sabía cómo agitar la colmena. Entre todas esas conversaciones, lo que hacía Naraku era nada más y nada menos que echar sal en las heridas del pobre híbrido, justo cuando menos lo necesitaba.


#𝑩𝒐𝒐𝒈𝒊𝒆_𝑾𝒐𝒐𝒈𝒊𝒆_𝑾𝒖



Naraku: Análisis desde la Fuente Oficial del Manga

 ✨ Echando un vistazo a los paneles del tomo 30 del manga ✨ Cuando muere, Naraku no lo hace en paz. Su final es violento, sangriento, y está...